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Revista
electrónica con noticias, trabajos e investigaciones de la Asociación
Amigos del Museo Kakel Huincul de Maipú
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Este es un trabajo presentado en el año 2006 por la Srta. Mariela Salvatierra cuando era estudiante de Periodísmo Deportivo, que ha tenido la deferencia de donarlo para nuestra Biblioteca Digital. A pesar de los años trancurridos creemos que tiene plena vigencia, por ello lo publicamos como un pequeño homenaje a todos aquellos que dieron sus vidas, a los que lograron subrevivir a quienes no deberíamos olvidar. 25 años con la marca “Malvinas” en el pechoMarianela Salvatierra. Esos ojos con el brillo del recuerdo que cuando se habla de la Guerra de Malvinas tienden a soltar una lágrima. Esta historia apasiona a los que no olvidaron que hace 25 años Argentina estuvo en guerra. Aunque el interés debería ser masivo, debido a que hubo miles de jóvenes que defendieron los colores de esta Patria. Y los que pudieron regresar con vida entraron por la puerta de atrás y a oscuras. Su decepción y el rechazo recibido son las peores cicatrices, las que duelen más. José Godoy es veterano de guerra. No tiene heridas exteriores, sólo internas; en su corazón. Se enteró un día antes que iba a desembarcar en Malvinas, debido a que el Gobierno de Facto, presidido por el Teniente General Leopoldo F. Galtieri, lo ordenó al estar próximos los 150 años de la toma de las islas por el gobierno británico. Lo premeditado era que luego del desembarco se iba a incurrir en la vía diplomática para recuperar la soberanía de las Islas Malvinas.
En horas del mediodía el comandante había mandado al descanso a gran parte de su tripulación y sólo quedaban los “trozos” de guardia, entre los que se encontraba Sacur ubicado en la enfermería. Pasadas las 16, ellos sintieron el impacto de los dos torpedos. Uno encontró su destino en las En la popa se ubicaban los compartimientos donde estaban las camas y es por ello, que allí estuvieron la gran mayoría de los 323 muertos. Impactados, dormidos, asustados, ahogados. Los que sobrevivían tomaban posesión de su lugar en cada una de las balsas salvavidas. Se encontraban a la deriva. A la espera del rescate. Con frío porque estaban mojados y la temperatura rondaba los 10° bajo cero. En el agua era peor, 20° bajo cero y con olas que medían cerca de siete metros de alto. El viento no quería ser menos y soplaba a 100 KM por hora. En plena oscuridad. Y con una tristeza que les invadía el alma, pues ellos habían visto fallecidos a muchos de sus compañeros y temían que otros no se hallaran en las balsas. José Sacur y sus compañeros permanecieron náufragos en esas aguas frías por 38 horas, cuando fueron rescatados por el barco Piedrabuena y llevados hasta Ushuaia. No sin antes tratar de hallar más sobrevivientes. Sólo en su balsa sobraban diez lugares. Diez vidas perdidas. Una vez que llegaron a tierra firme fueron trasladados a un hangar donde ya comienzan las primeras divisiones y la prohibición de hablar. De Ushuaia fueron transportados en un avión a Puerto Belgrano, nuevamente. Ahí empezó el sufrimiento. El que duele más. El de la posguerra. Los llevaron al Campo Sarmiento, un lugar en la Base Naval, en donde funcionaba uno de los centros de reclutamiento del Servicio Militar. “Ahí sentí el primer abandono. Toda la plana mayor del barco y los superiores nos dejaron solos”, declaró Sacur. Los separaron por jerarquías -José era Cabo Primero-, y les impusieron ejecutar el “orden cerrado” (movimientos vivos), que consta de hacer carrera a mar, cuerpo a tierra, salto arriba. Actividades padecidas y tortuosas. Nada bastaba, seguían castigando a esos chicos. Por una cuestión de negación a ejercitar el “orden cerrado” se dictaminó que todos los pertenecientes al Crucero General Belgrano se tomasen licencia y para el resto, (como era el caso de Sacur) que se dirijan al destino impuesto antes.
Cuando este hombre que ahora ronda los 50 años llegó a su lugar que era la Sanidad de Base,
en la Base Naval de Puerto Belgrano, y empezó a cubrir el batallón de seguridad solicitó ser
Ellos padecían mientras que los galpones de reservas alimenticias estaban llenos. Todo lo contrario ocurría por el lado británico. En Puerto Belgrano, José Sacur siguió su carrera militar hasta 1986 cuando decidió pedir la baja. La situación le parecía intolerable. El abandono era fatídico por parte de todos. Del Gobierno de turno y de esa gente que los despidió alentándolos en la Plaza de Mayo y que luego los ignoró. Los trató como perdedores. Todo el sacrificio les parecía inútil. Hubo un acto, mas fue reprimido. Hasta la propia Fuerza los hizo regresar de noche y les prohibió que hablasen.
Lo que más le preocupaba a José era su familia que estaba en Tucumán. Si bien él se contactó con su esposa y su pequeño hijo mediante una carta cuando estaba en Ushuaia, lo que ansiaba
era avisarles a su madre y a sus hermanas que estaba bien. Ellas sólo estaban al tanto de que el
Crucero había sido hundido. Cuando por fin llegó a su casa fue un alivio a tan fatídica espera.
La posguerra, sin duda, para los ex combatientes fue mucho más dolorosa. Duele más el
olvido que las secuelas de congelamiento. No se les otorgó ningún apoyo psicológico, y ésta es
una de las principales causas de suicidios, que casi equipara el número de caídos en la guerra. Les duele, les pesa, los emociona, los
enorgullece. Es un antes y un después en sus vidas, y en las de tantos otros. No obstante, hay quienes tratan de que el recuerdo de esta cruenta guerra no se esfume. Y como manifestó José Godoy: “En 30 ó 40 años no va a haber más veteranos de guerra, ya que vamos a pasar a mejor vida, entonces es ahora cuando tenemos que contar, que recordar, para que las nuevas generaciones sepan quiénes fuimos”.
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